lunes, 10 de octubre de 2016

HISTORIAS DE UN SUPERHÉROE RETIRADO (II)


ME ACUESTO CON UNA CHICA PROMETIDA
Amanece nublado, casi no se ve el sol. Me levanto, me visto y observo el cuerpo desnudo de Teresa durmiendo todavía. Su habitación es pequeña, pero bonita. Tiene las típicas frases optimistas escritas en inglés decorando las paredes y está impoluta. Solo su ropa interior lanzada anoche sin miramientos afea la estampa de un dormitorio idílico. Pero no solo por la belleza de su cuarto me quedo siempre a dormir aquí, hay algo más allá de la voluminosidad de su físico que me atrae, que me enamora. Deben de ser esas paredes rosas, esa mesita de noche con un libro de Nietzsche, el incienso de la estantería. Veo mi infancia reflejada en cada rincón y ella, que conoce mis secretos, nunca pone pegas por pasar las noches juntos.
_ Veo que ya te has vestido – dice Teresa al despertar – Lo siento, pero no podrás quedarte por mucho tiempo. Mi novio vendrá esta mañana a verme. - y me besa.
_ Tranquila, solo necesitaré que me dejes dinero para el autobús.
Cambio las sábanas mientras ella se ducha. Es el mismo ritual que seguimos desde que hace seis meses coincidiéramos en una firma de discos y posteriormente ella me invitara a dos cervezas. Nunca llevo dinero encima y a ella no le importa. Sabe que soy un perdedor. Sé que es una ganadora. Y por eso sale con ese magnífico estudiante de derecho con el que se acuesta desde hace cinco años. Creo que hasta tienen planes de boda. Pero yo no la juzgo. Él siempre va vestido de traje. Yo nunca encuentro calzoncillos limpios.
_ Deberías irte ya, Martín. No me gustaría meterme en problemas.
_ Oye, Teresa, ¿tú por qué sigues con tu novio?
_ ¿Y tú, Martín? ¿Tú por qué no sigues con nadie?
Me da dos euros para el autobús y me empuja hasta la puerta. Afuera la atmósfera sigue gris, sé que lloverá en cualquier momento. Me guardo los dos euros en el bolsillo y me vuelvo andando a casa. Cuando el agua me acecha empiezo a correr. Miro hacia atrás y veo todo el tramo recorrido.
Otra vez con prisas, Martín, me digo. Como siempre.
Empiezo a ser consciente de que me paso la vida huyendo.

MI DIÁLOGO CON JESUCRISTO
Es septiembre. Carlos me llama por teléfono. Su padre ha tenido un accidente. Ha muerto, dice. El entierro será mañana. Que no hace falta que vaya de negro. Que se venga mi madre, también. Que compre litronas para luego. Y todo esto sin llorar, sin quebrar la voz, tan firme en sus palabras como siempre, y me cuelga, y nos vemos al día siguiente, aunque mi madre sí que viste de luto, y se sienta en las primeras filas de la iglesia, yo primero dos cervezas en el bar, un poema rápido escrito en una servilleta, y al entrar la gente llora y yo lloro y Jesucristo me mira, crucificado, también llorando, cabrón, me dice, esta cruz debería ser la tuya. Y ya no me dice nada más.
Oigo murmullos en la sala. Nadie atiende al párroco. Al parecer, el padre de Carlos iba borracho, se estrelló contra un árbol y los pájaros que anidaban en él, murieron calcinados.
_ Pobrecitos, eran demasiado pequeños para saber volar – las viejas murmullan.
Mi madre toma la comunión, reza, se confiesa. Me mira desafiante desde la primera fila. Me arrodillo y levanto la vista hacia Jesús en la cruz. Yo me acuesto con una chica que se va a casar, robo bolis en la oficina, odio a los animales, me gustan los borrachos, ni siquiera me importa que el padre de Carlos haya muerto, en cierto modo siento envidia, pero aquí estoy, confesando mis horrores, que no errores, y al acabar la misa las chicas abrazan a Carlos, eres un valiente, le dicen, él se encoge de hombros y vacila, bien, tranquilas, dice, y es él quien las consuela.
Mi madre se acerca y me besa. Pobre de tu amigo Carlos, dice, y de ti, los jóvenes, ¡ay!, qué perdidos estáis. Yo me quedo un rato en silencio, el cuerpo del padre de mi amigo se mantiene rígido, a mí me tiemblan las rodillas, los vivos sentimos más tristeza que los muertos, aun así es preferible seguir con vida. Mierda, pienso, las cervezas están calentándose en el coche. Salgo corriendo de la iglesia. ¡Eh!, alguien me llama, me giro, otra vez Jesucristo, se ríe, cabrón, me dice, esta cruz debería ser la tuya. Abro la puerta, la vuelvo a cerrar. El vello de punta, los ojos vidriosos. Yo ya arrastro demasiadas cruces, le contesto.

VISITA A LA PSICÓLOGA
Esta debe ser la séptima vez, tal vez la octava, que visito a la Doctora Patricia Cantos. En las sesiones anteriores hemos hablado sobre mi infancia, me ha preguntado por mis padres y amigos, por mis estudios y deseos, y lo único que me ha dicho después de tanta charla ha sido: “Está bien, Martín, nos vemos la semana que viene”.
_ Hoy quiero que cierres los ojos y pienses en el Martín de cuarenta años. Que me hables de él, de cómo sería, a qué dedicará el tiempo. Necesito que me cuentes la vida que te espera, muchacho.
_ Cada vez me quedan menos cosas. Mis amigos tienen trabajo y pelo y me envían tarjetones de bodas a las que no pienso asistir. Bueno, aún de vez en cuando escribo cuentos y los publico. Creo que me acuesto con alguna editora, ahora no lo recuerdo. Pero ya no es lo mismo, la vida es un tren con cientos de vagones y yo prefiero dejarlos pasar. La velocidad siempre me ha producido vértigo.
_ Sigue Martín. Háblame de ese tren. ¿Quién va en él? ¿Por qué no subes? ¿Qué te espera al final del trayecto?
_ En un vagón está mi madre, sola, como siempre, llorando, y luego mi padre, ahí lo veo, besándose con otras. Más atrás observo a Teresa, mírala qué guapa, ahí está, con su vestido de novia. En los vagones centrales hay chicas, reconozco a Elena, una antingua novia, ni siquiera me saluda, creo que todas me odian. Por último veo la vida en la ciudad, hay ofertas de trabajo, mis amigos me animan a subir con ellos, dinero fácil, supongo, pero yo prefiero verles pasar, sentado en el andén, hasta que el humo del tren me ciega y mira, me he quedado solo en la estación.
_ Todavía no me has contestado, Martín. De haber cogido ese tren ¿qué te esperaría al final del trayecto?
_ Lo que a todos.
Le pago a la psicóloga y me marcho. Cojo un taxi. ¿A dónde le llevo, amigo?, dice el taxista. A mi casa, le contesto. Tendrá que darme una dirección, pues. Yo le voy guiando. Y luego, ya hemos llegado. Tome el dinero y muchas gracias. ¿Seguro que es aquí su casa?, me pregunta. Se lo prometo, le digo. Y me siento en un banco y observo los trenes partir. Agito la mano en el aire y me despido de los pasajeros. Yo no les conozco, ellos a mí tampoco, pero los que devuelven el saludo siempre son los mejores.
Esta es mi casa, me digo, y desde la megafonía anuncian el último tren con destino a la vida. ¿Subirás?, alguien me pregunta. No, le digo, yo estoy bien en la estación.

LA VIOLACIÓN
Es media noche. Salgo a dar una vuelta por la calle. Me pierdo por un parque y escucho los quejidos de una joven. Me acerco y la veo medio desnuda, con las manos de dos imbéciles toqueteando su cuerpo. Uno se desabrocha la bragueta y apunta. Un grito sordo les deja en evidencia. ¡Os voy a matar!, les digo. Me abalanzo sobre uno de ellos y la joven aprovecha para escapar. En esas los chicos se levantan y vienen a por mí. Yo empiezo a correr en contradirección a la chica. Ellos me persiguen. Y así me paso el resto del tiempo, corriendo hacia ninguna parte, sin ser capaz de detener a otros animales que cometen delitos sexuales, el otoño a la espalda y los malhechores no me atrapan. Sé que jamás lo harán, que llevo demasiado tiempo huyendo, y que yo no soy como los demás, que si Teresa quiere ser feliz en su mundo de mentiras yo prefiero ser un desdichado en mi mundo de verdades, y que ojalá le hubiera dicho lo que sentía, pero es que no sentía nada, y que hasta aquí hemos llegado, que ya es hora de plantar cara a todo lo que me amarga, así que me voy a girar, que me maten si quieren, ¿desde cuándo estamos todos tan enfermos?, y eso es lo que hago, me giro, y cuidado que vienen, pero al darme la vuelta, al detenerme en seco, ya no hay nadie detrás, estoy solo en la noche, las estrellas me delatan con su luz.
Hacía rato que no me seguían. Esos gilipollas se habían escondido. Siempre lo hacen. Tan valientes que se creen, a veces. ¿De quién huías entonces, Martín? ¿Y por qué aún sientes ganas de echar a correr? Me siento en la acera y suspiro. De pequeño quería ser un superhéroe, por eso estudié medicina, para salvarle la vida a la gente. Y ahora estoy aquí, sin ser capaz de salvarme a mí mismo.
Así que no sigas corriendo, Martín. Nadie puede huir de sí mismo. 

lunes, 26 de septiembre de 2016

HISTORIAS DE UN SUPERHÉROE RETIRADO (I)


AÑO NUEVO I
    Al despertar no recuerdo quién soy, ni de dónde vengo, ni a dónde voy. Y no solo es por la resaca que ahora me atormenta, es algo con lo que llevo conviviendo prácticamente desde mi infancia. Levantarme y no saber nada de mí, ser un perfecto desconocido al que solo doy de comer y beber. Y al parecer ayer le di de beber bastante, el aliento me sabe a sangre y al otro lado de la cama la teta izquierda de la chica que yace desnuda me da los buenos días. Desde la habitación oigo a mi madre cortar verdura en la cocina.
    _ Eh, oye -le digo a la chica. – Tienes que desaparecer de aquí.
    Y mientras recojo la ropa del suelo pienso en cómo conseguir que esta chica se vaya de mi casa sin que mi madre se dé cuenta de la situación. Entonces abro la ventana y dejo caer unos vaqueros al patio de luces de la finca. Voy y le digo a mi madre que me los recoja, que yo no puedo porque por una extraña razón tengo la rodilla como una bola de billar y me cuesta caminar. Tan buena como ha sido siempre mi madre, me hace el favor y yo aprovecho para que Cristina, que es así como se llama mi ligue de anoche, vuele de mi habitación tan rápido como pueda.
    _ Espera, joder, ni siquiera he acabado de vestirme.
    _ Va, no hay tiempo que perder, tienes que irte ya.
    _ ¿Cómo estás de tu rodilla? -me pregunta Cristina una vez vestida.
    _ ¿Cómo sabes que me duele? -pregunto sorprendido.
    _ No dejaste de quejarte en toda la noche, Martín. Te caíste por las escaleras de un pub.
    Le doy dos besos cuando abro la puerta para despedirla. A ella le da por besarme en los labios. Me dice que la llame cuando pueda, que le gustaría conocerme mejor. Lo imaginaba, todas quieren conocerme mejor, pero se arrepienten cuando lo hacen. Le sonrío a Cristina mientras espera el ascensor.
    _ Sí, te llamaré -le digo.
    Al cerrar la puerta de casa me prometo que nunca más volveré a verla.

EMPIEZO A SALIR CON UNA ALUMNA
    Mientras el mundo agoniza ahí fuera yo sigo dando mis clases de tenis, escribiendo por las noches, masturbándome para intentar dormir. Compito en un torneo de tenis autonómico y me eliminan en primera ronda. Al acabar el partido me largo directamente a casa y parto las raquetas en dos. Me ducho y acto seguido me arrepiento de lo que he hecho. Aparte de un perdedor soy un idiota.
    Lo único que me reconforta es que me he enamorado de Elena, una de las chicas a las que doy clase. Tiene cuatro años menos que yo y juega rematadamente mal, solo sabe darle de revés. Por eso me gusta, porque olvida todo lo que le enseño para jugar como le da la gana. Me recuerda mucho a mí, todo lo hace del revés, todo lo hace según le viene en gana.
    Cierta noche coincido con ella en un bar de Xúquer y nos alegramos mutuamente de encontrarnos. Como profesor de ella me veo en la obligación de invitarle a una copa y varios minutos después ya estoy diciéndole que si no fuera alumna mía ya la habría invitado a salir.
    _ Principalmente porque soy alumna tuya deberías hacerlo – me sugiere entre risas.
    Jugamos al futbolín y ganamos juntos la partida. Luego me dice de ir a su casa para acabar la noche más tranquilos y no tardo ni dos segundos en aceptar. Por el camino hablamos de las clases de tenis y cumplido tras cumplido acabamos besándonos en su portal.
    Me invita a subir.
    La invito a follar.
  Ese mismo día por la tarde la veo en clases y no evitamos sonreírnos en la pista. Llevar esta aventura en secreto nos sienta de maravilla. Cierta mañana vuelvo a despertar en su casa, esto es lo más parecido a una novia que he llegado a tener. Saco la conclusión más inteligente a la que he llegado nunca: es más importante ganar al futbolín que ser el campeón de un torneo autonómico.

LA DROGA
    El fallecimiento de mi abuela me afecta significativamente y, aunque Elena se esfuerce en querer animarme, yo a quien llamo para alegrarme el alma es a Carla, una artista de la pintura que conocí el año pasado en un recital de Latintavino. A ella le cuento sobre mi abuela. Joder, le digo, no hay derecho. Pero con Carla solo hago que hablar y aunque me muera por perderme entre su cuerpo, decido que no tendría sentido traicionar a Elena solo porque todavía no haya podido retenerme como un alma en sus brazos.
   Por eso he empezado a consumir cocaína. Conozco a un tío un sábado noche y me habla de la muerte. Me cuenta que ya ha enterrado a dos abuelos, una hermana y un padre. Saca de la cartera una bolsa blanca más pequeña que un meñique y coloca delicadamente el polvo que sale de ella en la repisa de un escalón. Con el carné de biblioteca forma dos rayas de nieve separadas solo por la suciedad del suelo.
    _ En fin, – me dice – esto es lo único que nos queda. ¿Verdad?
    Enrolla a presión un billete de cinco euros y, colocando una punta del papel dinero sobre el polvo y en la otra su nariz, aspira con violencia hasta que la nieve desaparece de su origen y traspasa las hendiduras para colarse por completo en su cerebro.
    _ Te toca – me dice.
  Miro a Cristian. Me da su aprobación asintiendo con la cabeza. Coloco de nuevo el billete en posición y, mientras el infierno se amontona en mi nariz, noto que me desvanezco en un invierno que se envenena con mis miedos. Practico el mismo ritual todos los fines de semana y acabo por perder el control de todo lo que me importa. Escribo mucho, escribo casi tanto como me drogo y empiezo a ver a Elena tan poco que lo único que nos une son todos esos benditos polvos que pegamos. A Carla la sigo llamando cada vez que el mundo se derrumba.
    La cocaína es un buen polvo, pero los he vivido mejores.

VISITA A LA PSICÓLOGA
    Decido visitar a un especialista para no perder la poca cordura que todavía me queda. Entro en un pequeño despacho y una psicóloga se me presenta como la Doctora Patricia Cantos. Es inexplicablemente guapa, de piernas largas y piel muy morena, y al instante siento unas ganas terribles de tirármela.
    _ Está bien, Martín, ahora tienes siete años y no puedes dormir. Estás inquieto. Algo te quema por dentro. Cierra los ojos y dime, dime cuáles son tus miedos.
    _ Soy un chico raro. Los demás juegan al fútbol en el patio y yo me escondo para hablar con las chicas de mi clase. Llevo gafas y no levanto ni dos palmos del suelo. A veces, mientras tanto, escribo historias donde yo soy un superhéroe y voy dotando de poderes a todos los chicos del mundo que son igual de raros que yo.
   _ Sigue Martín, no pares ahora, sigue contándome la vida de ese superhéroe.
   _ A la salida del colegio me he ido directo a casa. Al entrar he ido directo al baño porque me estaba haciendo mucho pipí y he visto a mi padre duchándose con una señora que no era mi madre. La mujer se ha asustado tanto al verme que al taparse ha resbalado y se ha caído al suelo. A mí me ha entrado el pánico y me he puesto a llorar. Sin querer, me he meado encima.
   _ Despierta, Martín, vuelves a tener los veinticuatro que tienes ahora. Pero si te miras al espejo solo ves aquel niño de siete años. ¡Dime, Martín, dime si te reconoces en tu reflejo, si aún queda algo de aquel superhéroe que no levantaba dos palmos del suelo!
   Cojo mis trastos y me voy. Estoy tirando el tiempo y el dinero. Aparco cerca de mi casa, entro al portal, subo por el ascensor y me miro en el espejo. Al otro lado un niñato se encoge de hombros mientras me sonríe. Soy yo con siete años. Luego abro la puerta de mi casa y encuentro una nota en la nevera: HE SALIDO A DAR UNA VUELTA. TIENES LA CENA EN EL HORNO. BESOS. MAMÁ.
    Salgo al balcón y me siento a contemplar el mar. Sin saber por qué, tengo unas ganas irremediables de que alguien me diga que me quiere.

VIAJE A MADRID
   Cojo un ave destino a la capital cierto viernes de finales de mayo. A mi llegada no entiendo muy bien qué hago ahí. Cosas de mi loquera, que dice que viajar me va a sentar muy bien. Inmediatamente recuerdo que no hace mucho yo me acostaba con una pija madrileña. La llamo y le digo de quedar. Se sorprende de encontrarme y pasamos la noche emborrachándonos. Nos ponemos al día y acabamos haciéndolo en un garaje del centro. Luego me dice que me vaya, que va a venir su novio a recogerla.
    _¿Tu novio? Joder, ¿y yo qué hago? ¡Ni siquiera sé dónde estoy y ya no sale ningún metro!
Entonces el bueno de su chico nos recoge a los dos y se dispone a dejarme en el hotel. Acabo de tirarme a su novia y ni siquiera quiere que le pague la gasolina. La culpa empieza a atormentarme.
En esas, el novio, cansado del bochornoso silencio, me pregunta inocente:
    _ Y tú, Martín, ¿tienes novia?
   ¡Hostia, Elena! Regreso a Valencia dos días más tarde y me dice de quedar, al parecer tiene que hablar muy seriamente conmigo.
  _ No sé quién eres, ni de dónde vienes, ni a dónde vas. Me gustabas hasta que fui capaz de conocerte. Eres un desastre como persona, un tipo que solo piensa en sí mismo. No quiero volver a verte más, ni que sepas tú de mí. No te aguanto, Martín, estoy cansada de apostar por alguien que no merece la pena.
   A la noche siguiente lloro todo lo que tenía que llorar en las escaleras de un pub de mala muerte junto a mi amigo Cristian. Esnifo hasta que la sangre nasal me dice basta. Luego empiezo a pegarle cabezazos a las puertas de los baños. Entra un responsable de seguridad y me echa a patadas del garito. Intento como puedo llegar a casa y me miro ante el espejo.
   No me veo reflejado. Ya no soy un superhéroe.
   Soy consciente de que Elena ha tomado la mejor decisión de su vida.

LLEGA EL VERANO
   Por fin llega la estación más calurosa del año y con ella los torneos provinciales de tenis en la categoría de dobles. Juego con mi compañero Carlos y arrasamos allá por donde vamos. Pese a mi altura, soy el mejor del mundo en la volea. Lo hacemos tan bien que sumamos miles de puntos y coleccionamos decenas de regalos.
   Una noche salimos para celebrarlo y conozco a una chica siete años mayor que yo. Nos damos unos pocos besos y le digo lo maravilloso que es escribir, que todo el mundo debería hacerlo. A ella le importa un comino lo que le cuento y solo me dice de ir a su casa. Yo insisto en que la vida sin la escritura sería un auténtico fracaso. Y que si existe algo mejor que trazar palabras en un papel, eso es leer. Me dice que me calle y que la bese. Pero sus besos no me importan para nada, ¡necesito que el mundo escuche lo que tengo que contar!
   _ Oye, chaval, estás como una puta cabra.
  Y coge y se va con la música a otra parte. Yo, sin embargo, entono la mejor de las melodías y regreso al Rompeolas dispuesto a seguir consumiéndome en el orgasmo efímero de la felicidad. Carlos y yo hablamos de sexo, política y acción antes de emprender el camino hasta la orilla del mar.
   _ ¿Sabes? Durante estos meses he pasado una mala racha. Creí que ni siquiera sería capaz de coger una raqueta.
   _ La vida no son años, sino etapas. Y todo lo malo se acaba, ¿no? Además, hemos jugado como los ángeles.
   _ Sí, y eso que yo dejé escapar a uno.
   ¿Qué narices estará haciendo ahora Elena? Sabiendo que son las siete de la mañana y que la vida es una fiesta, supongo que estará con algún cretino volando una cometa. La echo de menos. Aunque a quien más echo de menos es a mí. Al pequeño Martín escritor de superhéroes.
  _ Carlos, si pudieras escoger un superpoder, ¿cuál elegirías?
  _ El de poder parar el tiempo cuando quisiese. Mira, Martín, yo quiero vivir en este momento para siempre.
  Y mientras Carlos señala el horizonte yo observo el oleaje continuo que me hechiza. Las gaviotas buscan el desayuno en la fina arena de la playa. Sonrío y pienso que soy un auténtico gilipollas.
   Busco mi reflejo en el fondo del mar.
   Han pasado seis meses desde que empezó el año y todavía sigue brillando el sol.





lunes, 12 de septiembre de 2016

RUTINAS ASCENDENTES



En tu dormitorio, nuestro mundo es siempre mucho más intenso.

_ Oye, Martín, si no estuviéramos juntos, ¿con qué amiga mía te gustaría acostarte?

_ Paula, ¿te parece normal preguntarme esto a las tres de la mañana?

_ ¡Va! Es que no puedo dormir. ¡Contesta! ¡Contesta! ¡Contesta!

_ Está bien, está bien. Pero deja de sacudirme, que no me quiero desvelar.

_ ¡Contesta!

_ Pues no sé, Paula, ni me lo había planteado. Con ninguna, imagino, yo solo querría estar contigo.

_ ¿De verdad? Qué mono eres, Martín.

_ ¡Te tengo dicho que no me llames mono! Me fastidia bastante, ya lo sabes.  Va, buenas noches.

_ Te llamo como quiero, idiota. Anda, buenas noches.

Silencio.

_ Pues yo, si no estuviera contigo, creo que me apetecería acostarme con Gastón.

_ ¿Con mi amigo Gastón? ¿Pero qué diablos dices? Pues nada, chica, no sé a qué esperas para irte con él y dejarme. Todo tuyo, Paula.

_ De verdad que te pones de un tonto cuando quieres… Solo es un suponer, no te he dicho que lo quisiera hacer. Además, no me llames chica, no es nada cariñoso.

_ No pretendía ser cariñoso. Pero como quieras, nena.

_ ¿Ahora me llamas nena? Dios santo, vas de mal en peor.

_ Está bien, muñeca, ¿ya puedes dejarme dormir tranquilo?

Silencio.

_ Carlos siempre me llamaba muñeca…

_ ¿Carlos? ¿Quién demonios es Carlos?

_ Es mi ex. Lo sabes de sobra.

_ ¡Ah! ¿O sea que muñeca te parecía perfecto y nena te parece grosero? Mira, te llamo como te llamas y ya está, Paula.

_ Muñeca es precioso, que te quede claro.

_ ¿Precioso? ¿Te parecería precioso que tú me llamaras a mí muñeco?

_ ¡No, Martín! Es horrible.

_ Pues entonces, anda, durmamos de una vez.

_ Que sí, que ya te dejo en paz. Buenas noches.

Silencio.

_ De verdad, Martín, qué borde te pones cuando tienes sueño. ¡Idiota!

_ ¿Sueño? ¡Pero cómo narices no voy a tener sueño si son las tres y cuarto de la mañana!

_ No me chilles, Martín. No, si es que ya me lo dijeron en su día: “Ese chico es un auténtico capullo, lo único bueno que tiene es que escribe”.

_ ¿Ahora escribir es algo bueno? Por Dios, Paula, no seas boba, Hitler escribía. ¿Eso lo convierte en alguien bueno?

_ Bien, Hitler era bueno en lo suyo.

_ Lo que me faltaba por oír. Ahora resulta que Hitler era una hermanita de la caridad.

_ ¡Yo no he dicho eso! Solo digo que era bueno en lo que hacía, pero para nada estoy defendiendo sus actos.

_ ¡Joder! No me voy a poner a debatir sobre la moralidad de Hitler a las tres y media de la mañana.

_ Que sí, que sí. Que ya te dejo en paz. Que descanses.

No. Esta vez no hay silencio. Empieza a escucharse el ruido de las primeras gotas de lluvia impactando contra la persiana del dormitorio. El sonido es titubeante y poco a poco el ritmo de cada impacto va acelerándose y el tremendo diluvio no tarda en caer.

_ Genial, Martín. Ahora empieza a llover. ¿Estarás contento, no?

_ ¿Y yo por qué tendría que estar contento?

_ Siempre que discutimos empieza a llover.

_ Como el día aquel en el que me despertaste haciéndome cosquillas en los pies y te lancé un cojín a la cara. ¡Te pusiste como una furia, Paula! Menuda discusión tuvimos.

_ Sí. ¡Y menudo diluvio universal cayó!

_ La verdad es que siempre estamos discutiendo.

_ Cierto. No sé cómo te las ingenias, guapo, pero siempre me haces enfadar.

_ ¿Yo? ¡Yo no soy el que se quiere acostar con Gastón!

_  No he dicho que quiera hacerlo. ¡Era solo una hipótesis!

_ Odio tus hipótesis, es lo que más odio de ti.

_ ¿Sí? ¿Y se puede saber qué más odias de mí?

_ ¿Que qué más odio? Pues esa maldita manía tuya de decir que esto no es más que una relación pasajera.

_ Martín, nunca llegaremos a querernos. No somos como las personas normales, estamos hechos en mundos diferentes. Ya sabes, esto va a acabar mal.

_ Por eso no te preocupes, Paula. Yo te odio más de lo que te quiero.

_ Está bien, Martín. Continúa, entonces.

_ Por ejemplo, también odio las posturas que pones al dormir, que tires de la sábana y me claves los codos en la cara.

_ ¡Joder! Yo también odio eso de mí. Al despertar me levanto con arañazos que yo misma me provoco. Seguramente sea por las pesadillas que tengo contigo.

_ ¿Conque pesadillas, eh? ¡Pues también odio que hables en sueños y acabes por despertarme!

_ Eso… ¿Eso también odias de mí?

_ Bueno, eso… para ser sincero… eso me gusta. Es divertido.

_ Debe de ser lo único que tenemos en común, Martín. Los dos somos divertidos.

_ ¿Quieres saber otra cosa que me parece divertida, nena?

_ ¡Ay, Martín! ¡Deja de tocarme! ¡Tienes las manos heladas!

_ Va, Paula, hagamos el amor.

_ ¿No decías que tenías sueño? Pues, venga, a dormir. Y ¡por dios, Martín! ¿Se puede saber por qué tienes las manos tan frías?

_ Que sí, que sí, que ya paro. Es hora de dormir, ya son las cinco y media y aquí seguimos. Buenas noches.

_ ¡Hay que ver qué mono eres, Martín! Anda, buenas noches.

Silencio.
Silencio.

_ ¡Martín, Martín! ¡Corre, despierta, vamos!

_ ¿Qué… qué narices pasa, Paula? ¡Deja de tocarme los pies!

_ ¡Cielos! ¡Calla y mira por la ventana! Ha salido el arco iris. ¡Dios mío! ¡Ha dejado de llover y ha salido el arco iris!

_ ¿Y qué? ¿Eso es motivo para que me despiertes a las seis y cuarto de la mañana?

_ ¡Nunca entiendes nada! ¡Tenemos que salir a la calle y disfrutar! Nunca sabemos cuándo volveremos  a discutir ni por qué razón, y al hacerlo ¡volverá a llover! ¿No te das cuenta, Martín? Es nuestra oportunidad. Quizás no volvamos a ver el arco iris. Venga, vístete, el buen tiempo nos espera.

_ ¡Está bien, está bien! ¡No puedo ir más deprisa! ¡Dios mío, ya lo veo! El arco iris… ¡Qué precioso está!

_ ¿Y has visto lo inmenso que es? ¡Corre, Martín, ya estoy en el portal!

_ Sí, Paula, corre, ¡es tan inmenso que casi lo podemos tocar!

_ ¡Qué feliz soy! ¡Qué feliz soy! Martín, prométeme que algún día escribirás sobre esto.

_ ¡Dios Santo, Paula! ¡Cuánto corres! ¡Me cuesta llegar a alcanzarte!

_ ¡Venga, Martín! ¡Date prisa! ¡El arco iris siempre dura tan poco! ¡Tan poco!

_ Y tan poco. Y tan poco…

En mi cabeza, nuestra vida es siempre mucho más intensa.

lunes, 5 de septiembre de 2016

LAS MUJERES MÁS GUAPAS DEL MUNDO




La primera vez que vi llorar a mi madre yo tenía siete años. Fue la noche después del entierro de mi abuela, cuando, una vez en casa, se sentó y observó detenidamente la urna donde se conservaban las cenizas que certificaban su orfandad. Era tal su insistencia en ese objeto tan indecoroso que ni siquiera se percató de que yo me encontraba a su lado, acariciando su mano de madre con las mías de niño e intentando hacer de mi ridícula compasión la mayor de las heroicidades. Aun así ella permanecía inmóvil, ajena a mí y a cualquiera de las circunstancias y solo supe que la locura no se había apoderado de ella cuando me di cuenta de que, incluso con aquel mar de lágrimas bañando la palidez de su aún joven piel, mi madre era sin duda la mujer más guapa del mundo.

Recordé aquella historia en una fría tarde de invierno en el momento en que Paula Vélez, que por entonces ya salía conmigo, me preguntó, refugiada en mi paraguas, cuál había sido el momento más triste de mi vida:

_ Desde bien pequeño, mi padre y yo siempre jugábamos a tenis los domingos. No había manera de ganarle. No podía entender cómo, aun siendo más joven y atlético, salía derrotado ante un hombre que tenía treinta años más que yo. Hasta que por fin, después de tanto tiempo esperando, llegó mi tan ansiada victoria y cuando pensé que no existía mayor placer que aquel, me encontré con un viejo abatido por su propio hijo, cansado y que jadeaba hasta el asma. Entonces, la que iba a ser la mayor de mis felicidades se convirtió de pronto en un calvario. Mi padre se estaba haciendo mayor y la vida, en aquel momento, me pareció un poco más cruda.

Paula se acomodaba en mi hombro y caminaba de lado haciendo valer de apoyo el paraguas que yo sostenía. Pese a sus botas ya mojadas, ella prefería pisar los charcos, gritar a los ciclistas, acercarse a los coches. Todavía nos quedaba camino y yo, lejos de entenderla, preferí sonreír y escucharla atento:

 _ Cada verano vamos quince días a Argentina a visitar a mis abuelos. Ellos ya hace años que no pueden volar y mi madre y yo siempre ahorramos para verlos. Nos cuentan historias, nos invitan a pizza y presumen de nieta en su pandilla. Son unas vacaciones perfectas. Pero después de dos semanas siempre tenemos que volver, y es ahí, justo en esa despedida, cuando todo se desmorona. Ellos lloran, nosotras lloramos y una vez de vuelta, pienso que ha podido ser la última vez que les haya visto vivos. Así que por ahora, Martín, yo vivo el momento más triste de mi vida todos los años.

Aquella noche también llovía. Mi madre se levantó y bajó las persianas con la manivela. Luego fue a la cocina, batió dos huevos, los frió y me dio la cena. Me hizo sentarme junto a ella, a escasos centímetros de los restos de mi abuela y me prometí no levantar la cabeza de mi plato. No caí en que la curiosidad es más fuerte que el temor y, al enfrentarme de pleno a aquel trasto de metal, sentí que algún ser diabólico me estrangulaba la entrada del estómago y decidí que no tenía más hambre.

_ Yo me los comeré – dijo entonces.

Y ahí estaba ella, mi madre, a la que años después haría la vida imposible, acabándose mi cena porque había descubierto que mis ojos también eran de cristal y que, quizás, no era la mejor de las situaciones dar de comer a un niño de siete años delante de aquella urna fea y gris.

_ Ya queda poco – le dije a Paula _ Solo hay que seguir recto un poco más, luego girar a la derecha y ya veremos el embarcadero.

_ Menudo día hemos elegido, Martín. Vaya suerte tenemos.

Y era verdad que la tarde estaba siendo horrible. La lluvia caía de costado y el esfuerzo por controlar el paraguas dificultaba la atención en nuestro diálogo. Pero Paula era así, no necesitaba que el momento fuera perfecto, ella se dejaba llevar por la situación y no se preguntaba el porqué, el cómo, el con quién:

_ Luego está el momento más bonito que he vivido. Aquella tarde de hace veinte años, cuando mis padres entraron en casa de mis tíos y me enseñaron, entre sábanas y bostezos, a mi hermano recién nacido. Yo solo tenía cinco años y ni siquiera recuerdo esto que te estoy contando, pero mi madre se encarga de repetírmelo una y otra vez, si estoy triste, si me ve enfadada, y me recuerda que un día fui así de feliz y que la imagen de mi hermano y yo mirándonos por primera vez, debería curarme las penas para siempre. ¿Y tú, Martín? ¿Cuál es el momento más bonito que has vivido?

La última vez que vi llorar a mi madre yo tenía veinticuatro años. Fue una semana después del divorcio de mis padres cuando, una tarde de sábado en casa, ella se abrió una cerveza, puso la música al máximo y se sentó en una silla frente al mar. Pese a la admiración que procesaba mi madre hacia el tan relajante sonido de las olas, se percató de que yo me había acurrucado a su lado, con otra cerveza en el regazo, acariciando su mano de madre con las mías de adolescente e intentando hacer de ese ridículo acto la reconciliación con el hijo que fui algún día. Ella me miró feliz, radiante como un astro; entonces supe que no podía haber tomado mejor decisión que seguir hacia delante sin el lastre de mi padre, aquel hombre al que yo quería tanto y sin embargo mi madre tan poco, y entendí que detrás de esas lágrimas que bañaban su ya desgastada piel, se escondía el entusiasmo de una vida nueva y que no debía preocuparme en absoluto por si mi madre se había vuelto loca o no, porque aun así, la volví a encontrar la mujer más guapa del mundo.

_ Por fin, Paula. Ya hemos llegado. Esto es lo que llevaba tanto tiempo intentando enseñarte. Siento que hoy esté lloviendo, que el cielo sea tan oscuro y que nos estemos muriendo de frío. Pero te prometo que este es el lugar más bonito que existe y me moría por compartirlo contigo.

_ No te disculpes, Martín. Es un momento perfecto.

Sonaban las seis en los relojes de Valencia en aquella tarde invernal de febrero. Tal vez Paula y yo éramos las únicas personas que se atrevían a caminar entre los charcos y desafiar al viento, pero quisimos, como siempre, ganar la partida a las adversidades. Y contra todo pronóstico allí nos encontrábamos, desde el embarcadero más bonito de la ciudad, siendo testigos del mejor de los atardeceres justo un día en que el sol se encontraba oculto tras las nubes, abrazados en mitad de la nada, con un paraguas como único refugio de una tarde más que se nos escapaba, como el tiempo de las manos, y cómo no, decidí besar a Paula y olvidarme de la lluvia, dejando a un lado el atardecer tan nefasto porque nada brillaba más que sus ojos reflejados en mis gafas, y así es como nos convertimos ella y yo en la puesta de sol de aquel miércoles plagado de tristes y bonitos recuerdos, cuando aprovechamos para conocernos mejor y besarnos con más ganas, contentos y empapados, nostálgicos y felices.

Aquella noche dormí en el piso de Paula y acabé desvelado por el sonido de las gotas al caer. Me acordé, repentinamente, de mi madre y me prometí llamarla al día siguiente para ver cómo se encontraba y le diría, también, que comeríamos juntos el domingo. Pensé en el hermano de Paula y al verla dormida a mi lado imaginé que estaría soñando con volver a verle. O quizás eran sus abuelos quienes invadían sus sueños y me vi viajando junto a ella en el primer vuelo rumbo a Buenos Aires. Paula se movía hacia los lados y buscaba mis brazos en la oscuridad mientras yo le acariciaba el cuello e indagaba en mis adentros la fórmula imposible de detener el tiempo. ¿Cómo le iría a mi padre desde su divorcio? ¿Volveríamos a jugar a tenis algún día? La última vez que lo vi me preguntó si tenía novia. De volver a verle ya no sabría qué contestarle. Paula nunca hablaba de eso. Me miraba y se reía y me besaba y nunca respondía. Y ahí estaba, babeando como una niña, abrazada a mis hombros, hablando en sueños y usando como almohada un osito de peluche.

Estaba loca. Por eso supe que, sin duda, era la segunda mujer más guapa del mundo.